Referencias históricas
intro-paisas en erida-220
“Una vez más nos hallamos en frente del valle del río Magdalena, con las cadenas de la Cordillera Oriental, medio envueltas en los vahos de la atmósfera. Rápidamente desciende nuestro
camino, para alcanzar el piedemonte cerca del pueblo, pequeño y miserable, de Coloya, a orillas del río de idéntica denominación. Luego llegamos, en ascenso de unos veinte metros, a la población de Lérida, situada sobre la meseta tobácea. Viajes por los Andes colombianos (1882-1884) Alfred Hettner
 
“Las orillas del alto Magdalena estaban entonces cubiertas de tabacales, y Lérida, Guayabal y todas las poblaciones cercanas proveían de tabaco a Ambalema, que se convirtió, como hemos dicho, en una gran ciudad, donde había magníficas y espaciosas factorías para preparar el tabaco de exportación; fábricas de cigarros en abundancia; hoteles, casas de consignación y un movimiento industrial como jamás se había visto; allí iba yo con frecuencia a vender el tabaco y a comprar provisiones”.
 
…...Tumbar monte para convertir el terreno en dehesas o siembras de tabaco era la grande empresa. El terreno inculto se podía estimar $ 16 la hectárea, y en cada hectárea cultivada se cebaba una res que dejaba de utilidad $ 20 por año. Jamás, ni en ninguna otra parte, se había presentado especulación semejante. Para convertir a Guataquicito en una sola pradera envié a Manizales por trabajadores; y el día menos pensado se me presentaron doscientos antioqueños con sus mujeres, niños y perros.
 
Todos de guarniel atravesado, especie de almofrej, donde llevaban todo lo que puede necesitar un hombre, inclusive la navaja barbero para las peleas; sombrero alón, arriscado de un lado, capisayo rayado, camisa aseada y pantalón arremangado. Traían un negro maromero, dos o tres jugadores de manos que hacían prodigios con el naipe, tres micos, diez loros y una yegua. Todos ellos llegaron a medio palo, y con la seguridad de que llegaban, como los judíos, a la tierra de promisión.
 
Los antioqueños trabajaban en sus retiros infatigables y contentos. Sólo dos o tres muertos hubo entre ellos por celos o rivalidades; pero los jueves bajaban los capitanes o destajeros al pueblecito al mercado y había las de San Quintín con sus habitantes, y por allá cada mes salían todos a descansar, y entonces era la desolación de la desolación.
Se bebían cuanto aguardiente había en la colonia, formaban querella con todos los habitantes, les quitaban sus mujeres, los estropeaban sin consideración, y cuando ya nadie quedaba y todos huían, se ponían a ver maroma, muertos de risa de las gracias del payaso.
 
¿Qué fue de los antioqueños? preguntará el lector.
Los antioqueños, habiendo cumplido conmigo sus compromisos y sin deber un cuartillo a nadie, pues sí eran honrados, se fueron de Guataquicito para Lérida, contratados por otros hacendados; y tal guerra dieron, que en los archivos de aquella municipalidad se registra un decreto que prohíbe el trato con los antioqueños y el que éstos pisasen su territorio.
Marzo 16 de 1865. Texto de: Medardo Rivas. Villegas editores.
 
Investigación y recopilación: Antonio José Sastoque (Totto).
 
 
 
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